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Una de las historias más divertidas de Marsella, la cuenta don Héctor Giraldo, arquitecto y pintor:

Una de las niñas aseñoradas del pueblo de muy buena familia se enamoró de uno de los profesores del colegio, un profesor muy simpático que nosotros queríamos mucho y una vez resolvieron casarse, entonces ellos nos llamaron y nos dijeron: nos vamos a casar, tal día, y efectivamente, yo en todas partes he estado metido tal vez por lo hablador que soy, entonces yo fui a esa fiesta, una cosa muy sencilla, fueron allá  a la sacristía, el cura los casó, ellos muy cachacos, muy bien bañaditos e hicimos una fiesta con ellos en una de las casas de uno de los compañeros de trabajo, con comidita, de una forma muy humilde, nos tomamos los tragos, pusieron en una radiola música y listo, por ahí a las dos de la mañana, don Tomás Issa Álvarez, que era el rector del colegio y a la vez dueño fundador con su padre del almacén de las hermanas Issa, llegó y les preguntó a ellos, porque él era el que empezaba las fiestas pero también el que las terminaba, nos mandaba a acostar: “señores  es hora de que nos retiremos, hay que madrugar a trabajar” y fuera de eso su palabra era orden, ley, que todos lo respetábamos, todos le hacíamos venias, don Tomás Issa fue un hito, un referente de la cultura y el civismo marsellés, él fue el que nos formó a nosotros, a esta generación; entonces cuando nos despachó, don Tomás le preguntó a  la pareja: ¿y hacia dónde se dirigen ustedes ahora? Entonces la pareja le contestó: Don Tomás, ella se va a ir para la casa y yo me voy para el apartamentico, porque él vivía en un apartamentico en unos bajos por detrás de la iglesia.

Y don Tomás dijo: no puede ser que esta pareja se vaya a dormir aparte, esto es una noche de bodas.

Y el profesor le dijo: don Tomás es que nosotros no hemos comprado la cama todavía porque yo estoy esperando que me paguen a fin de este mes el sueldo para comprar la cama.

Don Tomás: no hay ningún problema, ustedes dos esta noche tienen que dormir juntos como es la ley de Dios y dijo, todos nos vamos para el almacén, lo abrió y sacó uno de los catres que vendía de cama doble de hierro, uno cargó las tablas, otro cargó los colchones, vendía sabanas, almohadas, todo, la chocolatera para que hicieran el desayuno, el molinillo, la cacerola para los huevos, hicimos trasteo todos a las tres de la mañana, les armamos la cama, les tendimos la cama, esa noche el profesor y su amada novia pudieron dormir juntos a costa de la alcahuetería de don Tomás que luego fue y recogió la cama, recogió todo cuando el profesor pudo comprar la alcoba, volvió y la trajo y las sabanas las empacó y las vendió.

Él vivía en esta casa, aquí murió, yo venía a hacerle visita porque a pesar de que en la época que yo fui un revolucionario, en el colegio fui presidente del  Consejo Estudiantil en el instituto Estrada durante todo mi bachillerato, nadie me pudo quitar la presidencia, entonces yo era el que le hacía los paros, yo era el que le mandaba los memorandos, fui terrible con él pero yo era muy activo en todo lo del colegio, en toda la parte social en la marcha del ladrillo, no nos queríamos por una parte pero nos queríamos por otra y cuando yo ya llegué aquí de arquitecto graduado de la Universidad Nacional don Tomás y yo fuimos excelentes amigos, fue uno de los pocos amigos que yo invité a mi matrimonio con Adriana.

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