Para una familia campesina siempre el lugar más importante de su casa es la cocina, lugar donde todos los integrantes de ella se reúnen día a día al calor de su fogón de leña. Mi abuelo, un hombre admirable, toda su vida vivió en fincas campesinas, era un Antioqueño con todas estas costumbres arraigadas de un arriero. Siempre un señor muy serio, mal encarado y de mano dura, esto se debía a que en su época creció a punta de castigos físicos y humillaciones, nunca recibió una muestra de cariño de sus padres. Sin embargo siempre lo recuerdo con mucho amor, porque a pesar de cómo fue su vida, a nosotros, sus nietos siempre nos dio todo su cariño aunque el quería hacerse el rudo. Recuerdo con nostalgia cuando esperaba ansiosamente que llegara el fin de semana, el viernes cuando salíamos de clase, nos llevaban para la finca; una finca campesina con sus cafetales, patio grande, cercada con guadua, corredor por todo su alrededor y obvio una enorme cocina con su fogón de leña. En las mañanas debíamos levantarnos muy temprano para moler el maíz y después de haber terminado nos sentábamos en la cocina, al frente del fogón a esperar el chocolate caliente y las arepas de mi abuelo hechas con sus hermosas manitas heridas por trabajar la tierra, mientras tanto nos cantaba sus historias. Cuentan mis tías que los días en la finca eran muy largos y que todo el día jugaban en los cafetales, el abuelo tenía un caballo que se llamaba Palomo y no le gustaba que lo cogieran, pero cuando el salía al pueblo, ellos lo montaban a escondidas hasta que un día el caballo se desboco y en una pendiente se echó a rodar, dice mi tía la mayor, con lágrimas en sus ojos, “hasta ese día vivió Palomo” y como por todo nos pegaban, no hizo falta la pela. Mi mamá,  la mayor de ocho hermanos, y a su vez una mujer con muchas responsabilidades desde muy pequeña, porque hizo de mamá de sus siete hermanitos, se acuerda con una sonrisa muy expresiva,  como llegaban sus hermanos todos los días a las cinco y media de la tarde, dice ella “se acomodaban en la cocina frente al fogón de leña en unas bancas de madera que hizo mi papá, sucios, llenos de barro y contando las historias de lo que les paso en el día. Yo como soy la mayor hacía los quehaceres de la casa y a las seis de la tarde servía la comida, todos los días en las fincas se come fríjoles, esos fríjoles con muchos plátanos y manteca por encima”. Esos eran mis momentos más felices en la finca, cuando los veía aparecer a todos y sentar en ese pedacito de la casa, la cocina, llena de humo y el calorcito del fogón de leña.

fogon

fogon

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *